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martes, 22 de abril de 2014

Comiendo entropía para permanecer vivos: hierba, saltamontes, ranas, truchas y seres humanos

A nivel puramente físico, los seres vivos se mantienen vivos procesando energía. La vida, en ese sentido, es solo un sistema metasestable que tiende a la estabilidad. Es decir, morimos cuando dejamos de procesar energía del medio, cuando entramos en un estado de equilibrio. La vida es un ejemplo de sistema termodinámico que no se halla en equilibrio.
Por ejemplo, las plantas realizan el proceso de mantenerse en estado de desequilibrio absorbiendo energía a través de la fotosíntesis. Pero, a pesar de que las plantas son las “centrales de energía” más eficientes de la Tierra, la mayoría de la energía absorbida se disipa: la reducción pequeñísima de la entropía en la planta se produce a costa de un incremento mucho mayor de la entropía total del medio.
Cadena tróficaEn el caso de los seres humanos, la energía consumida y despilfarrada es mucho mayor. Para entender las magnitudes, imaginemos una cadena trófica simple concebida por el químico G. Tyler Miller: hierba, saltamontes, ranas, truchas y seres humanos.
Cuando un depredador quiere transformar energía de otra forma de vida (la presa), ello implica un gasto extra que se acaba traduciendo en una pérdida de energía. De hecho, solo se suele asimilar entre el 10 y el 20 % de la energía de la presa, el resto se desperdicia en forma de calor liberado en el medio.
En consecuencia, en la anterior cadena trófica encontraremos unas pérdidas de energía acumulativas enormes, tal y como ha calculado Miller (Energetics, Kinetics and Life):
Hacen falta trescientas truchas para sustentar a un hombre durante un año. A su vez, las truchas deben consumir noventa mil ranas, que deben consumir veintisiete millones de saltamontes, que se alimentan de mil toneladas de hierba.
De esto se deriva que, a medida que una especie asciende en la escala evolutiva, debe estar mejor equipada desde el punto de vista fisiológico para extraer energía disponible. Lo explica así Jeremy Rifkin en su libro La civilización empática:
Así pues, en la escala evolutiva toda forma de vida se mantiene en un estado de desequilibrio ordenado a costa de crear más desorden (disipar energía) en el medio. La energía fluye sin cesar por cada organismo vivo, entrando en el sistema en un nivel elevado y saliendo de él en un estado más degradado, en forma de desechos. Cuanto más complejo es un organismo, más energía necesita para mantenerse alejado del estado de equilibrio.
Y es que ya dijo el filósofo y matemático Bertrand Rusell aquello de “Todo ser vivo es una especie de imperialista que intentar incorporar el medio a sí mismo y a su descendencia en la mayor medida posible.”
Foto | Chris
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La noticia Comiendo entropía para permanecer vivos: hierba, saltamontes, ranas, truchas y seres humanos fue publicada originalmente en Xatakaciencia por Sergio Parra.

miércoles, 9 de abril de 2014

Las interacciones entre depredadores y carroñeros, armas naturales contra el cambio global

 
8/4/2014
Un equipo de investigadores internacionales liderado por científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha identificado diversos mecanismos por los cuales las interacciones entre distintas especies pueden conferir estabilidad a los ecosistemas. Este hallazgo, que ha sido recogido en la revista Biological Reviews, tiene una importancia añadida dado el actual contexto de cambio global que amenaza al planeta.

El estudio, basado en una revisión exhaustiva de la información publicada en revistas científicas especializadas, ofrece una perspectiva unificada de las interacciones ecológicas que conectan a depredadores, presas, carroñeros y carroña en ecosistemas tan variados como la sabana africana, las llanuras patagónicas, la jungla asiática o el monte mediterráneo.

 “La depredación y el consumo de carroña han sido tradicionalmente concebidos como procesos independientes”, explican los investigadores en el estudio. “Sin embargo, desde hace unos años, la comunidad científica ha comenzado a dar importancia a un hecho nada trivial: prácticamente todos los depredadores también consumen carroña, ya sea en mayor medida (por ejemplo, la hiena manchada o el león) o menor medida (por ejemplo, el leopardo o el licaón). Esto hace que ambos procesos estén estrechamente relacionados a través de múltiples vías de interacción posibles”, añaden.
 
Las principales implicaciones

Las implicaciones ecológicas, evolutivas y de conservación de la biodiversidad de estos resultados son múltiples. El estudio muestra, por ejemplo, que “las interacciones directas e indirectas que surgen del consumo más o menos ocasional de carroña por parte de los depredadores alteran nuestra perspectiva tradicional de cómo se estructuran y funcionan las comunidades naturales; ignorarlas puede conducir a una pérdida crucial de poder predictivo al estudiar el flujo de energía entre los compartimentos vivos y muertos de los ecosistemas”.

Este trabajo alerta, además, de que diversos impactos de origen humano como la extinción de los grandes mamíferos carnívoros y los buitres en amplias áreas del planeta pueden acarrear severos efectos negativos en cadena, que pueden afectar al ecosistema entero.
“El marco conceptual aportado en este estudio puede ser empleado para explorar y anticipar los efectos de diversas causas de cambio global sobre esta red de especies interactuantes. Asimismo, este marco está diseñado de tal modo que puede ser aplicado a multitud de sistemas naturales diferentes, como por ejemplo aquellos que incluyen invertebrados, medios acuáticos o detritos diferentes a la carroña (restos vegetales, etc.)”, concluye el estudio.
 
 
R. Marcos Moleón, José A. Sánchez-Zapata, Nuria Selva, José A. Donázar, Norman Owen-Smith. Inter-specific interactions linking predation and scavenging in terrestrial vertebrate assemblages. Biological Reviews. DOI: 10.1111/brv.12097 

Nota de prensa: (pdf 411K)


CSIC

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Una nueva enfermedad que mata a los conejos, podría frustrar la expansión del lince

En declaraciones a Efe, Ramón Pérez de Ayala, técnico de la organización ecologista WWF en el proyecto Iberlince, ha indicado que el conejo ha padecido enfermedades muy graves a lo largo de la historia y ha recordado que alguna de ellas redujeron en los años 50 las poblaciones de España a la mitad y en los años 80 al 10 por ciento.
Estas enfermedades no afectaban a los gazapos de uno o dos meses, si bien la nueva cepa detectada sí lo hace, con las consecuencias que ello implica para el mantenimiento de la especie.
Pérez de Ayala ha precisado que esta nueva cepa ya se detectó hace dos años en granjas, aunque hasta este año no se ha detectado en el campo, concretamente en zonas de Andalucía con presencia de lince ibérico como Doñana, Andújar y la zona de las Guarrizas.
Además, se han detectado también casos en varios puntos de la sierra Norte de Sevilla, un lugar para el que se apuesta para una futura reintroducción del lince.
“El problema de esta nueva enfermedad es que pone en peligro a la presa principal del lince y, con ello, todo lo que hemos hecho, con éxito, en los últimos 10 años para su recuperación; la idea es llevar el lince donde hay conejos pero estos se están muriendo”, ha dicho Pérez de Ayala.
Según ha explicado, la afección de esta nueva cepa, cuya forma de propagación, por el momento, no se conoce muy bien, es “muy virulenta“, ya que una vez presente en el ejemplar este “queda seco y muere en un día y medio”.
Considera que es necesario que se cree un grupo de trabajo coordinado por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente para realizar un censo real de las poblaciones de conejo y, en paralelo, un chequeo sanitario, para poder tomar decisiones sobre cómo actuar.
Por último, el representante ecologista ha insistido en la importancia de trabajar sobre las poblaciones de conejo porque son “la base de la cadena trófica de la Península Ibérica, ya que es el principal alimento no sólo del lince ibérico, sino de otras muchas especies autóctonas, y una fuente de ingreso importante para el sector cinegético”. EFE